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Corazón de Alcachofa

En este espacio se comparten herramientas para conocerse, quererse y cuidarse.

Los símbolos presentes en la naturaleza, el Tarot, las artes y en mi propia historia son nuestro medio de comunicación y aprendizaje.

Bailando con el lobo

Actualizado: 4 de ene de 2019


La Aurora estos días quiere tener el pelo suelto, ponerse vestidos, bailar. Conversa más que nunca y quiere caminar por las piedras sin que la afirmen.


Como lo bueno viene siempre también con un poco de malo, los pellizcos a su hermana menor empezaron a hacerse peligrosos. Los miedos, aprovechando, entraron al baile. Hace tres días tiene pánico de lobo que -según ella- vi

ve adentro de la casa. El martes a las 3:30 am me pedía llorando que la esconda, que la proteja. Que la salve y vayamos por favor a pasear afuera para escapar del lobo.


Hemos estado tratando de explicarle que no es malo. Que quizás necesitamos a alguien que nos proteja.

-Hagamos un trato, lobo: cuida nuestras plantas. Puedes enojarte pero no morder ni pegar.

Ayer ella tenía miedo de que el lobo hiciera caca en su pieza, así que pusimos un balde afuera de la casa para que pudiera dejar ahí la mierda. Mi Aurora se animó, así, a dormir de nuevo en su cama.


Sus miedos y su ternura me han hecho pensar mucho estos días.

En que todos tenemos un lobo adentro y claro que da miedo. Excederse, cruzar la línea; expresar la rabia o los anhelos que de alguna forma podrían ser peligrosos.


La rabia es peligrosa, pero útil: nos permite proteger lo nuestro y lo que nos importa. Algunos anhelos, también, podrían ponernos en peligro si les damos rienda suelta. Pero, si sabemos escucharnos, nos llevan al lugar en donde necesitamos estar.

Cuando permanecemos mucho rato donde no queremos, las cosas inevitablemente empiezan a desordenarse. Si dejamos la rabia adentro, se ensucia todo y nos llenamos de mierda. Al salir -en cambio- la rabia cumple su función, y nuestra casa -de pasada- queda más ordenada.


Todo tiene un límite. Nuestros hijos necesitan límites y nosotros también. Pero el límite en realidad se construye por sí solo y es la línea natural que separa dos piezas en un puzzle. Si nuestra pieza está entera y en orden, el límite a un tercero debería ser efectivo sin necesidad de que nos esforcemos tanto por controlarlo.


A mí, por ejemplo, escribir me permite mantenerme en orden. El orden hace que mis prioridades estén claras: que mis necesidades reales no se escondan y que mi energía esté focalizada en cuidar lo que quiero. Ese, creo es lejos el mejor límite.


Rigidizar el bien y el mal de la forma en que lo hemos hecho es el peor de nuestros pecados. Culpamos a la Iglesia, a las instituciones, los medios… pero es absurdo. Educar (y más aún en forma masiva) se hace difícil sin rigidizar un poco las normas. Somos nosotros los responsables de discernir, con una conciencia que es dinámica y no puede fiarse de un conjunto de dogmas estáticos para saber que está en lo cierto.


Sólo nos queda mantenernos claros. Y en movimiento. Para que los límites se ubiquen exactamente en donde deben estar.


La claridad nos permite bailar con el lobo; encontrar el equilibrio. Saber que todo sentir nos protege y que las flores nacieron para abrirse.




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Si crees que a alguien podría ayudarle leer este relato, me encantaría que se lo compartas.

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